Quienes viven con gatos suelen aprender, casi sin darse cuenta, a interpretar un idioma sin palabras. Una cola levantada al entrar a una habitación, unas orejas que de pronto se desplazan hacia atrás, los ojos entrecerrados mientras descansan cerca de nosotros o ese cuerpo pegado al suelo segundos antes de lanzarse sobre cualquier cosa que se mueva.
