Pocos amores son tan profundos y conmovedores como el que un ser humano puede sentir por su perro. Y si hay un ejemplo que lo ilustra con la intensidad de un poema, ese es el del célebre poeta inglés Lord Byron (1788–1824) y su fiel compañero, un Terranova negro llamado Boatswain (Contramaestre).
Byron, figura destacada del romanticismo y conocido por su espíritu rebelde y apasionado, vivió muchas vidas en una sola… y casi todas en compañía de sus perros. Pero fue Boatswain quien ocupó un lugar especial en su corazón. Lamentablemente, este noble Terranova contrajo rabia, una enfermedad entonces letal y muy extendida. Pese al peligro, Byron lo cuidó con dedicación y ternura, limpiándole incluso la espuma de la boca sin ninguna protección.
Cuando Boatswain murió, Byron escribió a su amigo Hodgson:
“Boatswain está muerto. Murió loco, luego de gran sufrimiento, pero conservando toda su naturaleza gentil hasta el final, sin atacar a nadie que se le acercara.”
Lo enterró en los jardines de su residencia familiar y mandó tallar sobre su tumba un epitafio que, más que un homenaje, es una declaración de principios. Un fragmento reza:
“Aquí yacen los restos de quien poseyó belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, valentía sin ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Este elogio sería un halago sin sentido si fuera grabado sobre cenizas humanas. Pero es un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro.”

Pero su devoción no terminó ahí. En una ocasión, durante un viaje en barco desde Londres, Boatswain cayó al agua. Al pedir que regresaran por él, el capitán se negó: el reglamento solo obligaba a rescatar humanos. Sin dudar, Byron se lanzó al mar y nadó hasta su amigo. Solo entonces el capitán, obligado por las normas, accedió a subirlos a bordo. Así era Byron: romántico, apasionado, y totalmente entregado a sus perros.
Años más tarde, en plena lucha por la independencia de Grecia contra el Imperio Otomano, el poeta viajó al frente de batalla con otro Terranova, “Lyon”. Antes de una peligrosa incursión, le dijo:
“Lyon, no eres un bribón, eres más fiel que los hombres y por eso confío más en ti.”
Lyon lo acompañó hasta el final. Cuando Byron murió en Missolonghi en 1824, su leal compañero escoltó su ataúd de regreso a Inglaterra, un gesto que más tarde inspiró una pintura del artista Nick MacCann.
En 1881, una estatua de Lord Byron fue erigida en Park Lane, Londres, gracias a una suscripción pública. ¿Y quién lo acompaña en el monumento? Su inseparable Boatswain, claro.
En la vida del poeta más apasionado del romanticismo, hubo guerras, amores turbulentos y versos inmortales. Pero también hubo patas, colas, ladridos y una lealtad sin condiciones. Porque a veces, los vínculos más sinceros no se escriben con tinta… sino con huellas.
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